Después del acto protagonizado por el concejal Deiby Arias, de su respectivo linchamiento público y las solicitudes para que renuncie a su cargo, no dejo de pensar en la similitud de la dinámica de dominación marital con la dominación ejecutada por el Estado, cimentadas en la fuerza física.

Cuando pienso en la represión ejercida por residuos del patriarcado como el concejal ocañero, no puedo evitar pensar en cuántos chivos expiatorios, como Derek Chauvin en Estados Unidos, están dispuestos a sacrificar los altos mandos militares colombianos. Tienen en común que han recibido el castigo social al excederse en la fuerza, pero, a la final, son creaciones de sistemas que los han formado y validado, sin llegar a reconocer los peligros que los mismos sistemas promueven.

Nuestra sociedad, además, es incapaz de reconocer la falta de proporcionalidad entre el ataque y la posible defensa, que se puede aplicar tanto para los casos de brutalidad policíaca como para los de violencia de pareja. Hace algún tiempo, se hizo famoso un vídeo con el que el futbolista Sebastián Villa pretendía defenderse de las acusaciones de violencia intrafamiliar. En la grabación de su celular, Villa alega que su esposa lo está agrediendo verbalmente y se aprecia cuando ella lo golpea en la espalda. Lo siguiente que conocimos fue una foto en que la mujer tiene los labios hinchados y el ojo morado. Por supuesto las reacciones fueron variadas, con mucho apoyo para la esposa de Villa; pero un sector muy importante de la población, hombres y mujeres por igual, dijeron que ella se lo había buscado de alguna forma, que “eso le pasaba por cazafortunas” y por haberlo golpeado, como si un palmadón por la espalda de una mujer de 1.60 se comparara a la agresión física de un deportista de alto rendimiento. Para mí no existe diferencia alguna entre esta noción de “proporcionalidad” con la que aplican las fuerzas del orden colombiano, que bien armados —y armadurados—, en clara posición de ventaja, ejercen represión sin cuartel a gente que se defiende con latas, piedras y palo, devolviendo metralla.

Deiby ha crecido en un contexto que lo hace creer que la pareja le pertenece, y que su integridad moral se verá afectada en el momento en que su esposa elija otra persona. La dignidad del macho, podría llamarse, que causa que el rechazo femenino sea considerado una afrenta y que ha sido móvil tantos asesinatos y feminicidios en el país, y como él, muchísimos hombres. Chauvin, el policía enjuiciado por matar a George Floyd en Estados Unidos, no es “una manzana podrida”, sino el producto final de un imaginario que considera que la población afroamericana sufre la exclusión que merece. La muerte de Floyd  vino precedida por años de menosprecio y segregación afroamericana que se mantiene aún siglos después de la libertad de los esclavos norteamericanos, debido en gran parte a las condiciones desiguales que les tocó vivir después de la prohibición de la esclavitud; los miembros de las Fuerzas Armadas están convencidos de que el vandalismo es sencillamente inaceptable y se rehúsan a aceptar el papel que ha jugado el Estado en la ferviente desigualdad colombiana, una actitud perpetuada y promovida por sus superiores.

Si aterrizamos en el caso de Ocaña, el consenso general es que la violencia intrafamiliar debe ser rechazada, es claro. Pero al mismo tiempo tenemos un imaginario que conserva ideas misóginas heredadas e integradas al sistema. No muchos se detienen a reflexionar en la manera como frases tipo “Hombres y mujeres no pueden ser amigos” perpetúan imaginarios como que la única relación posible con una mujer es afectiva, o que “una mujer debe ser una dama en la calle y una p*** en la cama”, o que existen mujeres que son “para coger, no para casarse”, sin detenernos a pensar en la carga sicosocial de las mujeres que desean vivir su sexualidad libremente —que son para coger, no para amar, según el imaginario machista—. Basta ver las redes sociales del concejal para encontrarse un video en el que se mofa de espiar a una vecina que se baña al aire libre cerca de su hogar; un video semejante es, cuando menos, señal de alerta del poco respeto que se tiene por la esfera privada de la mujer, pero nadie reparó en él, seguramente por considerarlo normal.

Así como las actuaciones del concejal hallan sustento moral en los imaginarios sociales, los reaccionarios colombianos no se quedan atrás. Siempre se encontrarán justificaciones tipo “¿Si no quieren violencia para qué tiran piedra?”, o “Es que todos los que protestan son guerrilleros” y parecidas. Estas ideas, muy difundidas en el imaginario de la población, al llegar a oídos de miembros de fuerza pública ayudan a justificar actuaciones arbitrarias, con el aval de sus superiores que dan órdenes ambiguas tipo “hagan lo que tengan qué hacer para mantener el orden”. Vale la pena recordar que, tal como está bien documentado, las personas inseguras tienden a ser más violentas. Y si a un país con los niveles de inseguridad (física, económica, laboral, social) le sumamos la agresividad con que nos hemos criado los colombianos —¿Tendrá algo que ver la crianza a rejo?— tenemos un caldo de cultivo para un dolor de siglos.

Deiby, Chauvin y los soldados y policías que serán enjuiciados no son “monstruos”. Son residuos del sistema que, mientras los desecha, le da una palmadita en las nalgas al resto de la sociedad diciendo “miren, castigamos a quienes alteran el orden, funcionamos, sigan sus vidas normalmente”. Pero más allá del castigo a la anomalía, las instituciones y los ciudadanos mismos hacen poco por combatir o señalar los imaginarios que llevaron a estas situaciones en primer lugar. Así la labor de prevenir estos daños es reemplazada por la de castigar, tan aplaudida por todos, pero que no contribuye per se en la construcción de un mundo más amable con las poblaciones vulnerables. (¿Será que ese afán por el castigo tiene su origen en la moral cristiana —que no es muy amable con la mujer, además— pero que a su vez es tan difundida incluso entre los declarados ateos colombianos?).

En mi opinión, es hora de abandonar el regocijo cada vez que uno de estos chivos expiatorios es sacrificado para calmar las aguas. Hora de entender que no son “monstruos” sino productos razonables de una multitud de imaginarios que repetimos y perpetuamos sin notar. Como dijo en su twitter la escritora Melba Escobar, Colombia es un país con 50 millones de pacientes, con muy poquitos terapeutas a la vista. No es casualidad que más de la mitad de las víctimas de muerte violenta en Colombia lo sean por casos de intolerancia, superando en registro a la cantidad de muertes relacionadas al conflicto y al crimen organizado. Y si vamos a las estadísticas de muertes violentas de mujeres, vemos que una gran parte proviene de sus propios compañeros sentimentales o exparejas, en ataques de celos o en represalia al abandono. Valga la pena decir, que muchas veces los feminicidios son la conclusión de una cadena de maltratos y abusos.

Para concluir ¿Puede una persona redimirse? De no creerlo, no habría apoyado los procesos de paz que se han llevado a cabo en Colombia. Estoy en la obligación moral de creerlo, pues estoy convencido de que una gran parte de la población masculina —y me incluyo sin temor— alguna vez ha tenido comportamientos abusivos o reprochables con las mujeres. Sin embargo, estos procesos de redención no se logran de la noche a la mañana, sanar requiere esfuerzo, tiempo de reflexión que posiblemente será doloroso por aprender que no somos “personas buenas y correctas” como hemos creído siempre, y que nuestros actos navegan sobre una amplia gama de grises. Lo hecho, hecho está, y aunque quizá nuestros actos hayan causado un daño irreparable, la única forma posible de redención es el compromiso de no repetición, que solo puede cumplirse tras el descubrimiento personal de que no debemos recaer en actuaciones que han causado daño.

Así que es momento de que los policías y soldados apelen a su ética, pues el Gobierno estará dispuestos a entregarlos con tal de salvar su pellejo lleno de medallas. ¿Y en cuanto al concejal? Bueno, lo mejor es que dedique un muy buen tiempo a la reflexión. Que consiga ayuda profesional seria y no se cobije como tanto hipócrita bajo el techo de una entidad religiosa fingiendo arrepentimiento, o peor, arrepintiéndose solo porque su carrera está en juego, sin comprender la importancia de la ética. Tiempo al tiempo, concejal. Con ayuda profesional y una reflexión sincera quizá pueda llegar a un cambio verdadero y palpable. Solo entonces quizá sea momento de retomar el ejercicio de la vida pública.

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