Vivencias y leyendas tradicionales han acompañado a la ciudad a lo largo de los años, generación tras generación. 

La mayoría de los ocañeros han escuchado de sus abuelos, interminables historias donde el terror y las supersticiones son los principales ingredientes.

Antón García de Bonilla “hombre de bien” creyente de Santa Rita, es tal vez la historia más común entre los oriundos de la ‘Villa de los Caro’.

Al llegar una epidemia, caen sus hijas y sobrinas; desesperado se dirige a los pies de la santa milagrosa, a pedirle una promesa a trueque por su salud.

Bonilla vaga en un potro de fuego desesperado, divaga por las calles de la ciudad, por una promesa olvidada y cobrada. Es visto sobre todo en el centro histórico.

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LA LUZ CORREDORA

Otro de los cuentos comunes entre los viejos es sobre la “mala mujer”, quien es recordada por su capucha negra, y sus ojos malignos enrojecidos en medio de un llanto terrorífico.

Asesinó a su único hijo, a quien lleva en sus brazos cada vez que recorre las calles melancólicas de la ciudad, lamentando su acción.

Sale a gran velocidad de los montes cercanos, en una bola de fuego, con una luz inexplicable y espantosa, aterrorizando a los ocañeros.

Sus alaridos se presenciaban también en el sur del Cesar, Antioquia, Casanare y selvas del Carare, en la que sus habitantes rezaban para que no se acercara.

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EL CURA SIN CABEZA

Se cuenta también, que en el templo de San Francisco y las calles vecinas al Complejo Histórico de la Gran Convención se pasea un hombre condenado.

Su pecado fue haber tenido intimidad con una mujer casada dentro de su iglesia, la maldición llegó a su lecho, sin antes confesarse.

Imagen tomada de la Academia de historia de Ocaña.

Debido a la vergüenza, esconde su cabeza debajo de la túnica, agachado y con sus manos sangrientas, cantando la misa en latín sin cesar.

Aparece a media noche, a todo aquel que pase por la puerta del templo y las calles, en donde no hay ruido, tan solo su cantar.

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HISTORIAS DEL PASADO

Los abuelos supervivientes, han narrado historias que en un instante presenciaron en su adolescencia, marcando sus vidas, como las calles de la ciudad.

El perro negro, se escondía en las zonas oscuras de las casas, calles y templos, en donde botaba fuego por los ojos, siendo esto lo único percibido.

El ánima sola, la ‘patasola’, los duendes, sembraban el terror en niños, jóvenes, y adultos, cuya fuerza de combate era rezar, para que se alejaran.

En octubre se comienzan a revivir estas historias para finalizar mes y dar paso al dos de noviembre, mes de las ánimas.

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