Recuerdo matutino de las misas de aguinaldo en mi tierra

4:00 a.m. Me despierto sin razón alguna y pienso ¿qué día es hoy? Tardo unos segundos y confirmo: 20 de diciembre, y mientras busco la cobija para volverme a abrigar, recuerdo que hace muchos años a esta hora mi mamá nos levantaba para la misa de aguinaldo.

Dejábamos lista la ropa desde la noche anterior para no hacer mucho ruido; afuera, el pito del celador ya había empezado a llamar y los vecinos más fervorosos, ya estaban en la acera tomando tinto, esperando que las demás casas encendieran sus luces.

Siento ahora el frío de la madrugada en Ocaña, siento la alegría de todos, siento la felicidad porque mi hermano y yo pasamos el año escolar y habíamos prometido que si ganábamos todo, hacíamos la novena de aguinaldo, ¡ja! ¡Cuánta fe! ¡cuánta inocencia! Parecía que «pagar la penitencia» en lugar de ser una especie de pena, nos llenaba de dicha. Además, la cambimberia de estar con casi todos los amiguitos de la cuadra, espantaba el sueño, quitaba el frío, hacía olvidar tremenda madrugada.

A eso de las 4:30, comenzaba la caminata hacia la iglesia. Vivíamos en la calle de arriba del barrio El retiro y recuerdo vernos bajando hacia las llanadas, cada uno con un cojín en la mano, porque San Rafael se llenaba tanto que tocaba sentarse en el piso; recuerdo la gente sonriendo, las vecinas hablando de cualquier cosa, un señor con un parlante en la puerta de su casa con villancicos para animar a la gente, y mi hermano y yo, uno a cada lado de mami.

Ya en la misa, la competencia era no dormirse, nos reíamos del que cabezeaba, «¿ya estás pescando?» advertía cualquiera, ¿el premio? Un peto caliente con empanada o papa rellena a la salida. Mi memoria me trae el olor de esas delicias, ningún frito huele como esos, y aunque no volví a tomar peto, su olor me lleva una y otra vez a la puerta de la iglesia San Rafael en Ocaña, a las misas de aguinaldo, a la infancia que viví…

El frío que siento ahora, ya no es el del aire acondicionado, que quizá fue el que me despertó a las cuatro de la mañana, ahora es el frío que a veces siento cuando estoy nostálgica, cuando la necesidad de abrazar a papá y a mamá es mucho más fuerte, de sentir a mis hermanos cerca, de volver a la raíz.

Tomado del perfil de Facebook de Lina María Arévalo 

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